¡Oh! Dos entradas dos días seguidos~~ >~>

10 04 2008

Ne, estoy aquí de nuevo por petición popular.
^^ – – – – – – > ^^UUUU – – – – -> Vale, no xD Es que he recibido criticas buenas sobre el prólogo, y como quiero chulear pues… >_> Vaaaale otra vez no x3 Lo hago principalmente por ti Konoe-chan ^^ Para que te des cuenta de una vez cual es mi estilo y que no estoy preparada para hacer l—-
Uop… “Lo que no puede ser nombrado” o,Ò
Esta historia es de cuando estaba en 4º o 3º de la ESO, no estoy segura U_U Lo presenté a un concurso, pero lo envié el mismo día que se cerraba en plazo… así que lo mas probable es que no entrara a concurso >_>U
AdVeRtEnCiA
Hay muchas partes que tube que eliminar, así que hay cosas que no se entienden en absoluto u,ù Gomen~~!!!!!

Sin nombre.

“Ya va a amanecer… No, no, no… todavía me falta terminar de hacer el desayuno y colocar la mesa, darle de comer a los animales… No, no, no…” pensaba mientras se tropezaba en su ir y venir por la habitación.
Se habría despertado antes si uno de esos extraños sueños no se lo hubiera impedido.
Siempre igual, aparecían la sombra de dos chicos y una chica, que, de pronto, desaparecían y en su lugar surgían una gota de agua que caía en una pequeña rama, que prendía, a su vez, por la proximidad de un fuego.
Escuchó un ruido y se giró de forma violenta, tirando sin querer una de las grandes cazuelas que estaban en el hogar. El millo que había en el interior cayó ruidosamente, derramándose por el suelo. Miró a la persona que estaba en la puerta y deseó desaparecer de allí.
– ¿Puedes explicarme esto?
El hombre se acercó amenazante y colocó la mano bruscamente en la mejilla de la muchacha. Ella no se movió, simplemente miró el estropicio que había montado.
– Si de verdad fueras una buena criada no serías tan torpe- el hombre se echó el cabello rubio hacia atrás. La chica se agachó de inmediato y empezó a recoger el millo con el delantal.- Deja eso. Tienes que bajar a la playa. Van a llegar ciertas mercancías que le hacen falta a Kebay, así que ve y busca a Gara, te dará las indicaciones- se dio la vuelta y desapareció por la puerta; su voz sonó lejana cuando dijo:- Vete ya.
La muchacha corrió hasta la salida de la gran casa, pasando por los innumerables pasillos y habitaciones. Se detuvo un instante en la habitación de su hermano pequeño. Entró y lo vio durmiendo en su cama, junto a los demás niños, aunque su pelo oscuro destacaba entre las melenas rubias de los demás. Continuó su camino hasta la puerta principal. Cuando llegó, miró al horizonte, donde el sol empezaba a despuntar y el cielo y el mar se unían.
– ¡Niña! Vamos, que se hace tarde.
Corrió. La mujer la esperaba al lado del cruce del camino, bastante lejos. Su voz, potente y grave, coincidía con su cuerpo pesado y grande. A pesar de no aparentarlo, tenía un carácter amable.
– ¿Qué pasa, Gara?- preguntó la chica cuando llegó.
– ¿Es qué no te ha dicho nada el patrón? Pues tienes que bajar a la playa y buscar a… espera… a Doramas, sí. Él te dará la mercancía de Kebay. Cuando la tenga, la traes- explicó la mujer.- Venga, no pierdas tiempo. Voy a hacer una cena especial esta noche, lo único que espero es que no te la pierdas.
Gara se despidió y dejó a la chica sola, que emprendió el camino sin tardanza.
No iba a ser un viaje muy largo, pero en unas horas estaría ya allí, recogería la ansiada mercancía y volvería con tiempo de sobra para la cena. No le hacía ninguna gracia, pero era su trabajo y una oportunidad para salir de aquella casa infernal, aunque la atormentara dejar solo a su hermano. Mencey, se llamaba. Ambos se parecían mucho.
El sol estaba ya alto cuando vislumbró las calles que la separaban de Las Canteras. Sonrió y echó a correr. Su pelo castaño flotaba tras ella, y sus ojos miraban todo lo que se le ponía delante. Casas, personas, tiendas y, al fin, la playa.
El agua estaba tranquila y transparente cuando se acercó a la orilla; no había ni una ola, nada que alterara su calma. A su espalda escuchaba al gentío pero no le dio importancia. Desvió la vista hasta la Cicer; aún quedaba unos días hasta que empezara a levantarse el mar y las olas alcanzaran las casas. Todos los años alguien perdía la vida allí, y se rumoreaba que esas tormentas las creaba Kebay, ya que en esos días no dejaba que nadie se acercara a su casa y echaba a todos los criados. Sólo rumores.
– ¡Oye, tú!
La muchacha se giró. Un hombre se dirigía hacia ella.
– ¿Te envió William aquí?- preguntó.
– Sí, ¿por qué? ¿Eres Doramas?
– Deberías tenerme más respeto, niña. Pero bueno… sí, soy Doramas, y tú la criada de William, supongo- intuyó el hombre, sin recibir respuesta de la chica.- Bien, acompáñame un momento, y te daré la mercancía. Por cierto, me acaban de decir que tienes que llevarla directamente a casa de Kebay. Vamos.
La muchacha se lamentó. Si tenía que llevarla a la casa de Kebay no llegaría para la cena ni en broma. Lo siguió devuelta por las calles de la Isleta, hasta llegar a una hilera de casas pintadas de diferentes colores, ya gastados por el tiempo y la humedad. Entraron. Por dentro no era mejor que fuera. El techo tenía grandes agujeros que dejaban entrar una débil luz, y las paredes tenían cuadros de pequeños barcos de pesca. Doramas le dijo que esperara, y así lo hizo.
Al cabo de un rato volvió a salir.
Se tambaleó bruscamente al ver la “mercancía”. Una chica. Dos chicos. Pero estaba despierta, no estaba soñando. La chica era pelirroja, algo muy extraño de ver en aquella isla y los chicos, los dos, morenos de pelo negrísimo como el azabache. ‹‹Sólo falta que aparezca la gota, la rama y el fuego.›› pensó para sí, irónica.
– Mira, esto es lo que tienes que llevarle a Kebay. Que no se te pierdan – rió.
– Que gracioso- susurró con ironía, a la vez que salía por la puerta con ellos.
No le dijeron nada en toda la tarde, mientras volvían. La seguían obedientemente, parándose o acelerando el paso cuando ella lo hacía. Cuando ya empezaba a caer el sol, se detuvieron a descansar. Se apartaron del camino y se sentaron.
– ¿No hablan nunca? ¿Cómo se llaman?- preguntó la chica, ya harta de tanto silencio.
La miraron sin inmutarse.
– Yo soy Safmarine, y ellos son Thais y Yérik. Sí que hablamos. ¿Cómo te llamas tú?
Se quedó en silencio. No sabía su nombre, no se lo habían dicho nunca. La solían llamar “niña”, “criada” o, simplemente, “tú”.
– No tengo nombre- contestó al fin. Sacudió la cabeza para despejarse.- Pero… ¿Qué hacen aquí?
– Venimos desde el otro lado del océano, para acabar con un nigromante – dijo Thais levantándose, consiguiendo que sus palabras tuvieran más énfasis.
– ¿Nigroqué?
– Nigromante. Es alguien que utiliza a los muertos para su propio beneficio, impidiéndoles descansar en paz – explicó Yerik. Se levantó también y se colocó al lado de Thais.
De pronto Safmarine miró al oeste. Se estremeció y asintió. Los dos chicos se sentaron y guardaron silencio. Ella no entendía nada, y se asustó cuando un fuerte viento empezó a soplar súbitamente agitando su pelo castaño. Se tapó la cara para evitar que le entrara tierra en los ojos.
– ¡Tenemos que irnos! ¡Vamos! ¡Ya queda poco!- gritó, para hacerse oír, pero ellos no se movieron. El viento empeoró.- ¡Por favor! ¡Les ayudaré a encontrar al nigromante!
Reaccionaron. Se levantaron a toda prisa y corrieron ha resguardarse bajo una roca algo alejada de donde ellos estaban. La criada tropezó y cayó al suelo, aunque inmediatamente después se encontró en pie, ayudada por Thais, que estaba a su lado. Se juntaron debajo de la roca, muy apretados. Cada vez entendía menos, sobretodo cuando el viento de detuvo bruscamente. Salieron lentamente del refugio y miraron alrededor. Nada.
– Ya ha pasado- logró decir la chica.- Pero, ¿qué era eso?
– Eso era alguien que tenía mucha prisa por terminar algo que no ha podido empezar aún.
La muchacha repitió las palabras de Yérik en su mente una y otra vez, sin llegar a comprenderlas. Iba a emprender la marcha otra vez cuando el viento empezó a soplar de nuevo, sin previo aviso. Las nubes oscurecieron el claro cielo que había echo ese día. Se oyeron gritos y quejas a lo lejos, y pocos minutos después vieron a un grupo de personas de al menos veinte o treinta integrantes. Todas cargaban grandes bolsas que tintineaban suavemente; seguramente serían cazos y ollas, y algún otro utensilio de cocina. Las mujeres iban delante, guiando con sus pasos seguros el pesado caminar de los hombres, que iban cargados. Los niños estaban con ellas, agarrando sus manos fuertemente, temiendo que el viento se los llevara.
– ¿Qué pasa?- preguntó, con tranquilidad, Safmarine.
– Espera, – la chica se acercó al grupo y se dirigió a la mujer que lo guiaba.- ¿ha pasado algo en el pueblo? – Tuvo un presentimiento y preguntó:-¿Vienen de casa de Kebay?
– Sí. Parece que este año tenía prisa. Nos ha echado antes de lo normal, además, estaba enfurecido. Gritaba que se le había perdido algo. Y cuando salimos, el cielo se nubló. Nos dirigimos a la Isleta, y todos esperamos llegar antes del anochecer – la mujer cogió aire y colocó las bolsas, más cómodamente, sobre su espalda.- También esperamos que no se levante el mar. En fin, nos vamos. Que tengan buen viaje, adiós.
La mujer se alejó, con todo los criados a su vera. Ella regresó junto con la mercancía y esperó, los tres tenían caras pensativas. “Ojalá que no piensen mucho, no tenemos tiempo… Más bien, no tengo tiempo”, se dijo. Su estómago le rugió y entonces recordó que no había comido nada desde por la mañana. Maldijo ese día con todo su ser.
– Vamos, no tenemos tiempo- dijo Thais de pronto.
– Eso mismo había pensado yo. Así que andando. Aún puedo llegar para la cena.
– Dijiste que nos ayudarías a atrapar al nigromante- dijo Safmarine con suavidad, aunque el viento siguiera azotando con violencia su cabello pelirrojo.
– Pero…- calló y dejó caer los hombros con un profundo suspiro.- Vale. ¿Dónde está ese niproga… nigroa…?- suspiró otra vez, exasperada- ¿Dónde está?
– En casa de ese tal Kebay. Lo más probable es que lo utilice para algún fin- aseguró, Yérik, muy serio.- Es el que produce esas muertes cuando convoca al mar. Necesita esas almas para vivir. Intenta burlar a la muerte.
– Pues, ¿a qué esperamos? Aunque solo les ayudaré a encontrarlo. Nada más.
No discutieron, aunque sonrieron de forma extraña, pero sincera.
El viento no había parado de soplar en todo el camino y no parecía que fuera a detenerse. La casa de Kebay apareció desde detrás de unos árboles, muy alta, con un amplio balcón que parecía dar a la habitación principal. Se detuvieron un momento, a una orden de Thais, y caminaron otro trecho hasta la misma puerta de la casa.
– ¿Entramos?- preguntó Yérik. Safmarine y Thais asintieron sin dudar, pero la criada no.- ¿No vienes?
– Sólo encontrarlo- repitió por tercera vez en aquel día. No quería encontrarse con ese invocador de mares que quitaba vidas para poder vivir el mismo.
– Pero no sabemos si está dentro, así que si quieres cumplir el ofrecimiento tendrás que entrar con nosotros- afirmó Safmarine, con esa calma increíble que poseía.
Se encogió de hombros y tocó a la puerta. Los demás se alarmaron.
– Hay que preguntar- dijo. Nadie salió a abrir la puerta.- Bueno ya podemos pasar.
Empujó levemente la puerta, que se abrió sin esfuerzo. Entró seguida de la mercancía y, silenciosa, atravesó los pasillos en dirección a la habitación principal. No era la primera vez que entraba y se dio cuenta que los demás habían notado ese detalle. Sabía de sobra que nunca cerraban la puerta, además de conocer el lugar exacto de la habitación, que no tardó en encontrar. Llegó hasta ella y apoyó la cabeza en la puerta, intentando oír algo a través de ella. Escuchó un suave murmullo, pero no supo ubicar muy bien si era la voz de un hombre o la de una mujer. Se lo comentó a los demás.
– Está ahí- susurraron los tres.
Sin decir nada, Safmarine apoyó las manos en la puerta y entornó los ojos, concentrada. Empezó a cantar una letanía, y de la nada unas finas ramas empezaron a subirle por los brazos.
Thais empezó a emitir un calor muy intenso, y sus ojos oscuros llamearon misteriosamente. Alzó sus manos y una pequeña llama apareció entre sus dedos, sin quemarlo. Yérik, en cambio, no pareció hacer nada extraño, hasta que finas gotas de agua empezaron a brotar de su cuerpo, empapándolo. Los tres se juntaron más e hicieron un gesto a la chica.
– Abre la puerta- pidió Thais, con esfuerzo.
No quiso obedecer. Esa imagen de los tres la había asustado en lo más hondo. Hablaban de lo malo que era la nigromancia, pero no parecían darse cuenta que controlar los elementos tampoco era bueno. Pero Thais se lo había pedido. No Safmarine ni Yérik, sino él. Era en el que más confiaba, porque la tranquilidad que emanaba de Safmarine no le parecía normal. Y Yérik, bueno, estaba demasiado preocupado en sus explicaciones sobre nigromancia para preocuparse de lo que pensara la criada sobre él.
Miró a Thais, que estaba comenzando a sudar considerablemente. No esperó más, y se alejó de ellos.
– Pero… ¿qué…?- Tartamudeó el chico. No esperaba esa reacción.- ¿A dónde vas?
Ella agachó la cabeza y se detuvo. Pensó en Mencey. Si le pasaba algo no estaría con él jamás. Suspiró, y dedicó un último pensamiento a su hermano pequeño, antes de correr hacia la puerta. Vio la sonrisa de Thais y se sintió más tranquila.
La puerta no ofreció resistencia, abriéndose de golpe. Encontró a Kebay dentro de un círculo, cantando. ¿O estaba invocando algo? Las diversas ofrendas que había delante de él, confirmaron sus sospechas.
Safmarine entró y alzó los brazos bruscamente, lanzando una especie de semillas a los pies del nigromante. Estas, crecieron rápidamente gracias al aguacero que comenzó a caer del techo y que parecía haber provocado Yérik.
Desvió la mirada al notar que Thais estaba a su lado, concentrado en sus manos, donde aquella pequeña llama estaba creciendo de forma alarmante.
Lentamente, alzó los brazos… vio a Kebay arrancándose las ramas del cuerpo… sin dudar, le lanzó la esfera de fuego…

Despertó cuando empezó a amanecer. Le dolía la cabeza, y notó, al ver la arena, que estaba en una playa. Miró hacia la izquierda y vio la Cicer. Aquello confirmó lo que ya sabía: que estaba en Las Canteras. No dijo nada durante un rato. Vio a lo lejos, un barco que surcaba velozmente el mar. Se levantó y observó a Thais, que estaba a su lado, solo.
– Taliara- dijo.
Ella asintió. Parecía un buen nombre.


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